El problema
principal que enfrentan los partidos políticos en la República Dominicana es su
carencia o su falta de identidad ideológica y doctrinaria. Y, aunque mi
estimado compañero Euclides Gutiérrez Félix se ponga bravo, lo cierto es que no
existen diferencias cualitativas de significación entre el PLD de hoy y aquel
PRD que abandonó Juan Bosch en 1973, porque entendía que había perdido su razón
de ser.
Estrechamente
vinculado con este déficit de identidad, está el problema de la democracia
dentro de los partidos. De nada valdrá una ley, si en la misma no se definen
los parámetros y el alcance de lo que debería ser el concepto y la metodología
de esa democracia, abierta, consciente y participativa que necesitamos.
La
Conferencia del Episcopado se alarma por el nivel de degradación a que han
llegado las prácticas clientelares en los partidos políticos. Y tiene razón. La
democracia partidaria de hoy ya no se sustenta en las ideas ni en los
postulados ideológicos, y mucho menos en las propuestas programáticas que
pudieran levantar los candidatos. Es una democracia mediatizada por los
intereses individuales o las carencias y necesidades materiales de una
población votante que ha perdido la perspectiva de su futuro y que se debate la
inmediatez de su supervivencia. Ya no hay militantes políticos, sino
seguidores.
Hasta 1995,
año en que se celebraron las elecciones primarias para escoger al candidato
presidencial del PLD, seleccionar un candidato, de cualquier nivel que fuera,
era una labor meticulosa, que ameritaba la presentación de un currículo muy
bien documentado y que obligaba a los que pretendían ser los elegidos a
someterse un severo escrutinio de sus ideas y condiciones políticas. Como no
había nada material para repartir, ni empleo, ni funditas ni dinero, la
escogencia política se fundamentaba estrictamente en el conocimiento, la
doctrina y la praxis del aspirante.
Leonel
Fernández, Euclides Gutiérrez y Norge Botello tuvieron que sacar de sí todo lo
que aprendieron del maestro Juan Bosch y del estudio de la política, para
convencer, aquella vez, a un auditorio altamente calificado que se reunía en
asambleas a escucharlos, que cuestionaba de manera activa cada argumento que le
presentaban, que investigaba cada detalle y que, por su cultura política bien
cimentada en la doctrina boschista, estaba acostumbrado a no emitir un voto en
favor de nadie, a menos que estuviera absolutamente convencido.
Cuando me
tocó la ocasión y el honor de competir en contra de ese ícono de la política
peledeísta, el compañero Lidio Cadet, por la Secretaría General del partido, el
PLD tenía apenas dos años en la dirección del Estado. Para ese entonces, la
mayoría de los militantes estaban desempleados y comenzaban a surgir las quejas
y acusaciones en contra del nepotismo y el amiguismo, prácticas sobre las
cuales Juan Bosch hablaba con frecuencia y prevenía a los dirigentes de
no incurrir en ellas, anticipándose a los daños que le podían acarrear a
la organización.
Me bastó
llamar la atención sobre lo que estaba pasando y reclamar, a través de mi
discurso, a los dirigentes y funcionarios del PLD, el retorno a la
política de los principios, para que las bases peledeístas se volcaran a
apoyar mi candidatura y me escogieran como el tercer secretario general de su
corta historia, con más del 75% de los votos.
Y no lo
hicieron en rechazo a Lidio Cadet, que siempre fue y ha sido un dirigente de
grandes condiciones políticas, ejemplo de honestidad y sencillez personal, sino
como un mensaje que lanzaba en contra de esas sutiles manifestaciones
clientelares que poco a poco empezaban a echar raíces en la organización que
fundó Juan Bosch.
La ley de
partidos políticos pudiera ser un instrumento útil para el rescate de algunos
elementos de la política en la República Dominicana, pero jamás para acabar con
el clientelismo. Mientras haya pobreza y exista una población de votantes o
militantes, que vea la política como el único instrumento que tienen a manos
para progresar económicamente o resolver sus problemas materiales inmediatos,
habrá clientelismo y por consecuencia, estarán ahí, a su acecho, aquellos
políticos inescrupulosos que buscan beneficiarse de ese estado de debilidad
espiritual.
¿Qué se
puede hacer, entonces, desde la ley de partidos para adecentar un poco la forma
de hacer política en la República Dominicana? Muchas cosas. Se podrían, por
ejemplo, definir parámetros y prácticas para el logro de una mayor
transparencia del uso de los fondos públicos, se podría regular la propaganda y
la publicidad, con el objetivo de equilibrar un poco el juego entre los participantes
y cuidar el medio ambiente, la JCE tendría, por primera vez, la oportunidad de
jugar un papel más activo dentro de la dinámica interna de los partidos. Con
esta nueva ley se prohibiría el tradicional despojo de candidaturas, se
condenaría la grosera imposición de cuotas a empleados públicos y privados, se
limitarían las manifestaciones al aire libre, se establecerían de manera
oficial las primarias como método de selección de candidaturas y se reafirmaría
la cuota del 33% de las candidaturas para la mujer.
¿Y qué de la
democracia de los partidos?
Si bien el
establecimiento de primarias pudiera ser un mecanismo importante para elevar
los niveles de participación de los ciudadanos en la elección de los
candidatos, su implementación no resolvería el problema fundamental que tiene
la democracia partidaria, que es el de la falta de árbitros. No hay árbitros en
los partidos políticos. De ahí que cada proceso electoral interno se convierte,
al final, en un atolladero. Pasa en el PRD, pasa en el PLD, pasa en el
Reformista y pasa en los emergentes, como se le denomina a los partidos
minoritarios. En el PLD con frecuencia los árbitros son los mismos candidatos.
Me imagino que en los demás partidos también.
Dejando el
clientelismo político como un problema que surge de la esencia misma de la
sociedad y que su superación estaría condicionada, más al desarrollo económico
y a la elevación cultural y educativa de las masas, que a la voluntad de los
propios partidos, lo mínimo a que podemos aspirar es a que los procesos
internos de esas organizaciones se hagan con transparencias y sin
engaños. Las primarias han devenido en un método adecuado para enriquecer
el ambiente democrático dentro de los partidos. Sin embargo, es necesario dar
un paso más. Se necesita que la JCE sea la que se encargue de organizar,
administrar y arbitrar esos procesos de selección. Que si se hacen abiertas y
simultáneas, cerradas e internas, es un tema más para discutir. De mi parte,
las preferiría abiertas y simultáneas, debido a los serios
cuestionamientos que se le hacen a los padrones de los partidos. Sin embargo,
la determinación de que la JCE se convierta en el árbitro debe ser un
tema insoslayable.
La práctica
que se ha puesto en evidencia en la mayoría de los procesos internos de los
partidos es la del engaño, la compra de delegados, el robo de urnas, la pre
marcación de boletas, el conteo amañado, la fabricación de votos en el
computador. Al final, nadie interviene y todo se queda para resolverse en la
próxima contienda.
Mi
recomendación es que votemos por esa Ley, pero que lo hagamos con la conciencia
de que no es la panacea.
Se
necesitarán muchos años de crecimiento económico, de desarrollo social, de
democracia y de educación política para que en la República Dominicana nuestras
organizaciones políticas puedan emular el comportamiento de aquellos partidos
que operan en sociedades donde la gente no se ve en la obligación de vender o
alquilar su cabeza para poder sobrevivir.
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