Moisés Rozanes T.
Desde hace varias décadas, los humanos hemos pretendido pasarnos de
listos con relación al ciclo día/noche del planeta, al ignorar o minimizar los
poderosos efectos que este ciclo tiene en nuestro metabolismo y estado de
salud.
Pocos factores ambientales son más constantes
que la rotación de la Tierra ,
cuya duración de 24 horas es bastante predecible, al igual que sus efectos en
la totalidad de los procesos del organismo humano.
No solamente el funcionamiento de aparatos y
sistemas (circulatorio, digestivo, endócrino, sensorial, nervioso) responde a
los cambios diarios de los ciclos planetarios; también la bioquímica, la
conducta, las emociones y hasta los pensamientos más elaborados están influidos
por este fenómeno independiente de nuestra voluntad.
Por ello es que en la medida en que buena parte
de la humanidad -desde el siglo pasado- ha perdido el paso y la sincronía con
los cambios cíclicos del planeta, algunas enfermedades como obesidad, diabetes,
cardiopatías, trastornos gastrointestinales y depresión se han disparado en la
población.
Algunos científicos dedicados a investigar estas
pandemias modernas afirman que, muy probablemente, el hecho de haber modificado
de forma drástica nuestros horarios para dormir y comer es el punto de partida
y la base argumental más sólida acerca de la catástrofe de salud pública que
está ocurriendo a nivel mundial.
Siguiendo esta lógica, los animales humanos
tendríamos que dormir -normalmente- durante los periodos cíclicos de oscuridad;
asimismo, deberíamos alimentarnos sólo a determinadas horas del día, ya que el
mantenimiento de un adecuado balance entre la energía y la salud depende de los
tiempos que dedicamos a comer y descansar.
Satchidananda Panda es un investigador del
Instituto Salk (La Jolla ,
EU) que asegura que los humanos somos animales muy distintos de día y de noche;
sobre todo, las personas que viven en países y regiones socioeconómicas donde
abunda la luz artificial, en los que la televisión, las computadoras, los
teléfonos celulares y demás localizadores electrónicos funcionan las 24 horas,
los 365 días del año, y también donde la comida puede ser adquirida y consumida
en cualquier momento del día o de la noche.
Panda ha dicho que mucha gente que habita en
“países desarrollados” se ha metido - sin darse cuenta- en un gigantesco
experimento, desde hace algunas décadas, en el que la luz del día dejó de ser
el principal indicador del mejor tiempo, el momento biológicamente adecuado
para consumir los alimentos; es decir, se trata de un ciclo que lleva más de
medio siglo de haberse alterado de forma drástica.
Estudios recientes muestran cómo el reloj o
relojes internos del organismo influyen en el metabolismo y cómo el comer puede
influir y modificar estos mecanismos internos que funcionan de manera similar a
un termostato. Por un lado, marcan el tiempo pero también se van adaptando a
los cambios de energía en el ambiente.
Paolo Sassone-Corse, de la Universidad de
California, ha demostrado los estrechos vínculos entre los metabolitos de los
procesos energéticos y el funcionamiento de los relojes circadianos
(día/noche), lo cual podría explicar la manera en que comida y horarios son
mutuamente dependientes.
Tengo un amigo y destacado colega médico que me
ha contado que en ciertas épocas de su vida, particularmente cuando se siente
muy estresado, tiende a despertarse a medianoche para ir directamente a la
cocina de su casa y, aprovechando la luz de la puerta abierta del refrigerador,
devorar a cucharadas un frasco completo de mermelada hasta el momento en que siente
que su ansiedad comienza a calmarse.
Es algo que sé que es pésimo -acepta
desconcertado- y, sin embargo, siento que no puedo evitarlo cada vez que
sucede.
Quizás debido al abuso y falta de consideración
por la alternancia del día y la noche es que algunas enfermedades han adquirido
niveles epidémicos al haber desfasado la armonía de los cambios terrestres con
el consumo de alimentos altos en grasas y azúcares y nuestra necesidad animal
para dormir en oscuridad. Al contrariar los ciclos naturales del planeta, los
humanos nos hemos enfilado hacia una patología que amenaza destruirnos con la
luz encendida y el bocado en la boca.
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