Por LEONARDO CABRERA
El país que queremos, sin lugar a dudas debe estar enmarcado en un mundo lleno de satisfacciones, y de sueños por realizar, en donde las injusticias en todo el sentido de la palabra, no tengan cabida,ni espacio.
El país que queremos, ha de estar pleno de libertades y respeto, en donde el hombre transite confiado, seguro e inspirado por las reales condiciones y oportunidades que les ofrece el medio en que se desenvuelve, garantizándole que la inversión de sus esfuerzos y sacrificios serán compensados con la consecución de sus proyectos y propósitos de vida.
El país que queremos, de momento luce distante e inalcanzable, pero en ningún modo, por difícil que nos parezca, es una misión imposible, puesto que contamos con los recursos humanos y naturales para ir derribando obstáculos y barreras. Tan solo necesitamos despojarnos del yoísmo y del individualismo de clase, para dar paso a un objetivo común que tenga como norte el bienestar de todos.
El país que queremos, necesariamente, debe contar con la buena y decidida voluntad, primero, de quienes nos dirigen y tienen control de la cosa pública, puesto que de su buen ejercicio y manejo dependerá el avance o retroceso por el que se enrumbe la nación. Pero de igual modo, requiere de una oposición política juiciosa, pensante, constructiva, sabia, con propuestas de soluciones y bienestar, y que no entienda como su único y expreso papel, la negación de toda buena iniciada bajo la premisa del beneficio o no que pudiera generar a favor de los gobernantes de turno.
El país que queremos precisa de una clase empresarial e industrial, con mayor vocación de servicio y de una participación más activa y sincera en la solución de los problemas nacionales y que no solo sustente todo su accionar, en ensanchar cada día mas sus niveles de riquezas y ganancias , sin que una mínima parte de estos beneficios se reflejen en uno que otro planes de carácter social o educativo, para aquellos cuya existencia rinde honor a la pobreza y el desamparo .
El país que queremos requiere que la Iglesia Católica y las llamadas protestantes sean instituciones verdaderamente fuertes y robustas para que, afincadas en los principios cristianos, centren todas sus energías e influencias, procurando elevar la confraternidad y el amor que debe primar entre los seres humanos, con mensajes que reflejen la divinidad de JESUSCRISTO, a fin de llenar ese gran vacío que se evidencia en los altos niveles de violencia que nos arropan y todo el desenfreno que muestra el hombre de hoy, convirtiendo su vida en un laberinto sin salidas, en donde los vicios y la corrupción son sus principales aliados.
El país que queremos urge de ciudadanos profesionales y no profesionales, de hombres y mujeres de todas las clases sociales, ricos y pobres, del pueblo y del campo, negros y blancos, gobernantes y gobernados que sientan que son partes íntegras e importantes de un todo, de la Nación, de la Patria, a los que se nos eriza la piel al escuchar nuestro himno y ver ondear la bandera tricolor centrada por su escudo que reza, Dios, Patria y Libertad. REPUBLICA DOMINICANA.
OF/AM
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